Espiritualidad RPS

Nuestra Espiritualidad R.P.S. está conformada por los siguientes rasgos evangélicos:

El deseo de Dios

Somos cristianos consagrados que impulsados por el deseo de Dios, escogemos una vida en la que todo gira alrededor de la búsqueda y el encuentro con Él. Dios en la persona de Jesucristo se convierte para nosotros en el “imán” que nos atrae a lo largo de la vida cotidiana. Nuestra vocación se entiende como un amor apasionado por la persona de Jesucristo, amor que se cultiva con el deseo de Dios. La clausura y un relativo alejamiento del mundo nos ayudan para avivar cada día el deseo de Dios y vivir exclusivamente para Él. El deseo de Dios necesita de la soledad para cultivarse debidamente, por ello valoramos los tiempos prolongados de soledad con Dios.

El amor al silencio y la soledad.

Consideramos el silencio como una oportunidad para encontrarnos con nosotros mismos y para escuchar la voz del Señor. El silencio está muy unido al deseo continuo de Dios y es signo de seriedad y a la vez de equilibrio y serenidad. En el silencio experimentamos cómo la paz de Dios se derrama en el corazón. La comunidad nos ofrece todo un ritmo de vida marcado por el silencio que es acogida del don de Dios del cual mana la caridad. Todo nuestro trabajo espiritual consiste en bajar -de la mano de Jesucristo y a la luz de su Palabra- a lo profundo del propio corazón, curarlo y pacificarlo, para luego compartir con los demás el tesoro de la paz lograda por gracia de Dios.

La infancia espiritual

Trabajamos por el Reino de Dios considerándonos llamados a vivir la infancia espiritual. Entendemos como infancia espiritual aquella confianza ilimitada en Dios que nace del puro amor a Él y del sereno reconocimiento de nuestra propia pequeñez y limitación. Por eso renunciamos a cualquier actitud de poder, de dominio, de autosuficiencia, de vanidad, para dar paso al poder de Dios que es más efectivo y notorio al reconocer con sencillez la insuficiencia de las propias fuerzas y habilidades para conseguir la perfecta configuración con Jesucristo. La infancia espiritual, nos lleva a amar nuestra propia limitación y pobreza, evitando cualquier inútil complicación en el modo de ser, hablar y obrar. El abandono en las manos de Dios es una consecuencia de esta actitud, como también el contemplar los acontecimientos de cada día con espíritu de fe. Vivimos la infancia espiritual en sentido positivo, como camino de realización personal y de libertad interior obrada por el Espíritu. Esta singular conquista de la propia libertad nos lleva a la alabanza y la alegría.

La alabanza y la alegría

Si estamos llamados a ser contemplativos y a trabajar por la paz para el propio corazón y el de los demás, experimentaremos el amor de Dios y brotará del alma, espontanea, la alabanza. Esta alabanza se deja notar en la oración litúrgica en común, en el canto, en la música y en el modo de hablar. Queremos gozar de la misma alegría de Dios, alegría mostrada por Jesucristo en su Palabra. Recordamos que Jesucristo nos ha dirigido su Palabra para que tengamos su propia alegría. Nuestra alegría quiere mostrarse de diversos modos: en el optimismo cotidiano, en el buen humor, en la acogida del otro, en la amabilidad y en la vivencia gozosa de la oración y celebración de los sacramentos.

La caridad fraterna

El amor a Dios se manifiesta en la caridad fraterna. Queremos amar a los hermanos y al mundo entero porque antes hemos sido amados por Dios. Aprendemos de Jesucristo la generosidad, la donación constante, el perdón sin límite, la perseverancia en el bien obrar y la actitud de acogida para con los demás. Nos esforzaremos para que Aquel Jesucristo contemplado y adorado en la presencia Eucarística sea también amado por nosotros en la presencia de cada hermano y hermana que Dios ponga en nuestro camino. Nuestra caridad fraterna no uniformiza a los hermanos sino que será un espacio en el que cada uno se dé a conocer y saque a la luz los diversos dones que Dios le ha dado. Nuestra fraternidad se alegrará por el don del hermano, lo promoverá y se enriquecerá gracias a él. Esta caridad fraterna se manifestará en los pequeños detalles de amabilidad, atención a la necesidad ajena, buena educación, sinceridad, ayuda, respeto y escucha. Siendo así, podremos irradiar de modo atractivo la presencia del Reino de Dios entre nosotros.

La abnegación y la austeridad

Somos conscientes de que el amor cristiano va más allá de ser un simple sentimiento natural y que por lo mismo, supera las simpatías o antipatías naturales; por eso mismo queremos valorar la abnegación como camino para morir a nosotros mismos y resucitar con Cristo a una vida nueva, al hombre nuevo creado según la imagen de Cristo. Queremos valorar la mortificación y la renuncia como caminos concretos de abnegación y de liberación interior. Consideramos la abnegación no como un fin en sí mismo sino como un medio para alcanzar la libertad del corazón y el amor verdadero a Dios y a los hermanos. Estamos invitados a vivir la abnegación con sencillez e incluso con alegría. La abnegación preparará nuestra alma para orar mejor, para obedecer más fielmente y para vivir la caridad fraterna hasta el olvido de nosotros mismos. Queremos resguardar la libertad interior, lograr el desapego de todo lo que no es eterno y así fijar nuestro corazón y mente en Dios. La austeridad nos lleva a poseer y usar los bienes en cuanto sean estrictamente necesarios viviendo en abandono total a la Divina Providencia, alejando de nosotros cualquier sentimiento de propiedad, de apego a las cosas, de superioridad, de orgullo y de vanidad. Aceptamos gozosamente vivir algunos signos propios de abnegación y austeridad: el uso permanente del propio hábito religioso, el trabajo manual, el poner en común todas las cosas, la renuncia a los propios bienes y el ayuno según las intenciones de la Reina de la Paz.

La conversión continua

Somos conscientes de que el camino a la perfección evangélica no es un camino fácil ni es lineal, por ello nos sentimos impulsados a recurrir confiadamente a la misericordia de Dios para recomenzar muchas veces el camino de santidad. Si estamos llamados a reconocer y a amar nuestra pequeñez, estamos también llamados a colaborar con la gracia Divina para que se vaya formando en nosotros la imagen de Jesucristo, el hombre nuevo. El esfuerzo personal por la conversión nos debe llevar a vivir reconciliados con la comunidad, es decir, siempre en conversión de amor para con los hermanos. Concebimos nuestro seguimiento de Jesucristo en vida consagrada no como el resguardo de una perfección ya lograda, sino como una invitación y un reto constante a morir y resucitar con Cristo para Gloria de Dios y la vida del mundo. Por esta razón nos esforzamos por preparar, celebrar y recibir fervorosamente la gracia del Sacramento de la Reconciliación periódicamente.